La asertividad

expresión de una sana autoestima

No es solo una técnica de comunicación,

si no la manifestación visible de cuánto nos valoramos

 y respetamos a nosotros mismos.

El pez que se muerde la cola

Existe una relación muy clara entre la autoestima y la asertividad.

Cuando la autoestima es baja, es frecuente buscar validación en los demás, lo que puede llevar a ceder en exceso o evitar el conflicto por miedo al rechazo.

Por otro lado, actuar de forma asertiva —expresar lo que uno necesita y poner límites— no solo depende de la autoestima, sino que también la refuerza, ya que ayuda a validar las propias necesidades.

En este sentido, ambos conceptos

se retroalimentan constantemente.

En el equilibrio está la virtud

En el libro se describe el comportamiento humano a través de tres estilos de respuesta, situando la salud psicológica en un punto de equilibrio entre ellos:

  • Pasividad (sumisión): cuando se infravaloran los propios derechos y se priorizan los de los demás, normalmente por miedo al conflicto o al rechazo.
  • Agresividad: cuando se imponen los propios derechos sin tener en cuenta los de los demás.
  • Asertividad: el punto intermedio, donde se expresan de forma clara y respetuosa tanto las propias necesidades como las de los demás.

Ahora bien, algo que el libro también deja muy claro es que la asertividad no es algo absoluto. No se trata de ser asertivo en todo momento y en cualquier circunstancia.

Como personas, es normal que en algunas situaciones actuemos de forma más pasiva o más agresiva. De hecho, en determinados contextos, puede ser incluso adaptativo.

Lo importante no es hacerlo perfecto, sino tender hacia la asertividad como estilo general:
que cuando nos alejemos de ella sea por una razón concreta o por la dificultad de la situación, y no como forma habitual de responder.

En resumen, la asertividad no es un “todo o nada”,

sino una tendencia que se puede trabajar y desarrollar.